10 films latinoamericanos que no deberías dejar de ver

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10. Juego de escena

Juego de escena, del brasileño Eduardo Coutinho, es el retrato de un grupo de mujeres que cuentan episodios de su vida. Algunos son más o menos dramáticos o banales, pero todos revelan las huellas que esos hechos dejaron en la memoria o en la experiencia de cada una de ellas. Más tarde volvemos a escuchar los episodios narrados pero dichos esta vez por actrices profesionales, con vir tién do se en historias dos veces contadas. Eso es todo: la película es la suma de esas manifestaciones dichas con mayor o menor énfasis, mayor o menor emoción, mayor o menor claridad expositiva. El dispositivo de la representación queda expuesto desde el inicio: Coutinho, el director, ha convocado a todas esas narradoras de historias, profesionales o naturales, a audiencias que serán registradas con una cá- mara digital. Los oyentes son el realizador de la película, los técnicos que lo acompañan y un auditorio virtual conformado por los espectadores. El tratamiento de las imágenes es aus tero y limpio, con abundancia de encuadres cercanos y cerrados; la escenografía es invariable; los movimientos de cámara son mínimos; el sonido deja escuchar los acentos, inflexiones y matices de las voces.

La única manifestación evidente de virtuosismo fílmico se da en la edición de las intervenciones. Al inicio, Juego de escena deslinda con claridad la alternancia entre las historias “verdaderas” y las representadas por las actrices: hasta aquí llega una y acá em pieza la otra; hasta aquí se trata de un testimonio tomado de la realidad y el que sigue es su reelaboración por una actriz. Pero luego se borran los límites, se al teran las marcas y se modifica la cronología de la enunciación de los relatos. En cierto momento de la proyección es imposible saber si el relato que escuchamos sale de los labios de una actriz o de la mujer que lo vivió en la “realidad”. En la inextricable sucesión de las protagonistas “reales” de los hechos y sus in térpretes, las fronteras entre la verdad y la simulación, lo auténtico y lo arti fi cial, lo real y lo representado, lo natural y lo actuado, se vuelven porosas hasta desaparecer. El rostro se vuelve máscara y viceversa. ¿Existen personajes en un documental? ¿Qué los diferencia de un personaje de ficción? ¿Cuáles son los estándares de emoción, convicción y compromiso que definen una actuación consistente? ¿Cuánta teatralidad hay en la manifestación oral de un hecho del pasado? Como en las grandes películas que muestran al “mundo como escenario” y al “escenario como mundo” –Brindis al amor (The Band Wagon), de Minnelli; La carroza de oro, de Jean Renoir; Juego mortal (Sleuth) o Cinco dedos, de Joseph L. Mankiewicz; Les girls, de Cukor; Lola Montes, de Max Ophuls–, es im po sible discernir dónde acaba la verdad y dónde empieza la simulación; dónde fi na liza la vida y dónde comienza la ilusión. En esta película, la representación de la memoria es la construcción más elaborada: un laberíntico juego de espejos entre verdad y falsedad, que tiene como centro la aspiración por lograr la más con su mada “imitación de la vida”.

@mariodurrieu #mariodurrieu

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