Kiarostami: Avidez estética por capturar lo real

@fidba Festival Internacional de Cine Documental

Hasta el 2 de agosto, el encuentro propondrá un recorrido por los imprescindibles del género a nivel mundial.

Avidez estética por capturar lo real

24 Frames. En el filme, el director iraní Abbas Kiarostami interviene la pintura titulada “Los cazadores en la nieve”, de Peter Brueghel.

 

Cada festival de cine tiene una idea que quiere promover. Puede ser la independencia, la radicalidad política, la diversidad estética o la estimulación de la conciencia cívica. En el caso del Festival Internacional de Cine Documental de Buenos Aires, más conocido como FIDBA, el núcleo de su propuesta estética proviene de un camino inaugurado por los españoles un par de décadas atrás, cuando en territorio catalán varios documentalistas empezaron a hablar de documental de creación. ¿De qué se trata?

Bajo esa designación entendían que la pasión por lo real no desestimaba la estetización del encuentro con esa dimensión aleatoria propia de cualquier fenómeno que no esté pautado por un guión en un sentido fuerte. Todo lo que la ficción no puede prever y estructurar: he aquí lo real a secas, pero su registro no conllevaba el descuido formal y narrativo. Dicho de otro modo, el registro de lo real no tenía que ser esencialmente enmarañado ni transmitir una experiencia sin las exigencias formales de un ordenamiento cuidadoso. La intuición de antaño no admitía vacilación: se podía trabajar libremente en una búsqueda estética capaz de capturar un fenómeno no pautado por la voluntad de ficción, pero sí inscripto en cualquier modalidad poética, lo que incluía en ciertos casos procedimientos de ficción. He aquí una posible definición del documental de creación.

Que Ricardo Iscar sea uno de los grandes invitados (y uno de los jurados de la competencia internacional) de esta cuarta edición que comienza el 24 de julio y culmina el 2 de agosto (en Zapata 376, CABA) es una elección paradigmática que establece una relación directa con la tradición mencionada. Iscar es un buen exponente de esa línea estética, como se podrá constatar en varios títulos suyos que se exhibirán a lo largo de estos días, como el enigmático Danza a los espíritus (2009) y El foso (2012), película amable y conmovedora. El director también impartirá un seminario durante el evento.

Sucede que para quienes dirigen el festival, la relación entre visionado y aprendizaje constituye una propuesta metodológica. Es un festival de aprendizaje: teoría y praxis devienen indistinguibles, un poco como también tiende a pasar con las nociones de ficción y documental. Por eso tampoco sorprende que el eje del seminario que dictará otro invitado, Wojciech Staron, ilustre director de fotografía y realizador, esté enmarcado en las problemáticas fronteras entre el documental y la ficción. Es una política del festival.

El programa cuenta con varias secciones competitivas (competencia internacional, operas primas, cortos y películas en construcción), panoramas y focos. Hay varios títulos de gran interés en todas las secciones y un filme de apertura cuya importancia es capital: 24 Frames de Abbas Kiarostami, misteriosa pieza póstuma del realizador iraní fallecido el 4 de julio de 2016, que se estrenó en el festival de Cannes en mayo, se verá por primera vez en nuestro país el próximo 24 de julio en la apertura de la cuarta edición del FIDBA. Después de ese puntapié, y tan solo por él, el festival ya justifica su existencia, aunque hay varios títulos hermosos para descubrir y otros para discutir.

Aquí, tres recomendaciones para tener en cuenta:

24 Frames (Abbas Kiarostami)
Tan solo el plano inicial resulta magnífico y acaso una condensación de las inquietudes más viscerales del realizador iraní en torno a la imagen. La intervención visual y sonora que Kiarostami vierte sobre la pintura titulada Los cazadores en la nieve de Peter Brueghel envuelve los estadios de la imagen como pintura, fotografía, imagen en movimiento analógica y digital, y también la relación de todo lo visto con lo oído. La magnífica alteración de la naturaleza congelada del cuadro va adquiriendo así movimiento y espesor sonoro: los perros se mueven, los pájaros también y la nieve (digital) no deja de caer mientras todo el paisaje tiene su propio sonido. En el primer plano de los 23 restantes ya están jugadas las cartas de este filme de Kiarostami, aunque habrá otras sorpresas estéticas y simbólicas: muy pronto sonará un tema de Francisco Canaro que acompañará la visión de unos caballos jugando en la nieve; mucho más tarde se le rendirá homenaje al cine clásico de Hollywood, y constantemente la naturaleza misma de la representación cinematográfica será cuestionada por distintas vías, como si de ese modo fuera más asequible entender que el origen general de la representación descansa en la mentira y su paradójica finalidad es producir efectos de verdad. Es la película del festival, y una de las películas del año.

Ama-San (Cláudia Varejão)
Una de las películas más hermosas del último tiempo, un prodigio observacional ostensiblemente placentero destinado a seguir la vida doméstica y laboral de un conjunto de mujeres de distintas edades que viven en una zona marítima de Japón, muchas de ellas ya abuelas, quienes trabajan como buzos y cosechan frutos del mar como forma de subsistencia. El oficio es ancestral, y como tal tiene sus ritos, mitos y secretos, que se enuncian amablemente en el desarrollo narrativo. La directora portuguesa Varejão conjura el exotismo y prodiga un retrato tan delicado que resulta imposible no sentir incluso los cambios de temperatura bajo el agua y el encanto físico que experimentan estas hijas del océano. Una maravilla.

My Life as a Film (Eva Vitija)
​Un compulsivo y obsesivo cineasta cree que tiene que filmar absolutamente todo lo que sucede a su alrededor, empezando por la vida de su familia. Una de las hijas del realizador decide tras la muerte de su padre exorcizar el fastidio de haber sido filmada durante toda su vida realizando una película sobre su padre y su familia, y con la propia cámara de su padre. El resultado es tan fallidamente terapéutico como fascinante, y teóricamente ineludible: Joschy Scheidegger, el progenitor en cuestión, parecía desconocer, ya a mediados de los 60, cualquier sentido de privacidad, como si hubiera sido el primer narcisista de la era del yo como espectáculo convencido en probar que el fuera de campo es éticamente irrelevante. En efecto, todo es filmable, incluso la misma muerte, como el propio filme lo sugiere en dos ocasiones, donde lo ominoso resplandece. Una película que ni un Freud en sus momentos más lúcidos e imaginativos podría haber concebido como material heterodoxo de una novela familiar.

@mariodurrieu #mariodurrieu

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